“El pecado original del ser humano es creer que la materia le pertenece en forma individual”
Introducción Desde las primeras tradiciones espirituales de la humanidad aparece un principio común: el ser humano está llamado a reconocer una unidad superior que trasciende al individuo. La enseñanza bíblica “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” no constituye únicamente un mandato moral, sino también una profunda intuición acerca de la naturaleza de la realidad. Diversas corrientes filosóficas y espirituales, desde el hermetismo hasta Baruch Spinoza, sostienen que toda la existencia constituye una única realidad o Sustancia de la cual todos participamos. Para Spinoza existe una única Sustancia infinita: Dios o la Naturaleza (Deus sive Natura). Los seres humanos, los animales, la materia y todas las formas existentes no son sustancias independientes, sino modos mediante los cuales esa única realidad infinita se expresa. Desde esta perspectiva, ninguna parte puede reclamar una propiedad absoluta sobre otra, porque todo pertenece a la misma totalidad. La propiedad individual constituye una construcción jurídica útil para organizar la convivencia, pero no una realidad ontológica absoluta. Desde esta perspectiva, el egoísmo no es solamente una conducta inmoral, sino un error de comprensión acerca de quiénes somos. En el debate político y ético contemporáneo, las posturas de derecha e izquierda se fundamentan en visiones divergentes acerca de la naturaleza humana, la moralidad y el propósito de la sociedad. Mientras que la derecha prioriza la autonomía y la propiedad privada, la izquierda aboga por la justicia social y el bienestar colectivo. Sin embargo, esta distinción es superficial si no se contempla bajo la luz de una antropología profunda: la relación entre el individuo, el prójimo y la materia. La tesis central de este análisis es que el individualismo extremo y el egoísmo no son solo posiciones económicas, sino una forma de alienación espiritual que conduce al amor desmedido por la materia —una ilusión de posesión sobre algo que, en realidad, es una manifestación efímera de una Sustancia única. El egoísmo no es instinto de supervivencia. Es importante distinguir el instinto de conservación del egoísmo. Todo organismo vivo posee mecanismos destinados a preservar su existencia. Este impulso biológico es una consecuencia natural de la evolución y puede observarse tanto en animales como en seres humanos. El egoísmo, en cambio, aparece cuando la conciencia transforma ese legítimo instinto de conservación en una apropiación ilimitada de bienes materiales, poder o privilegios, ignorando las necesidades de los demás. La supervivencia protege la vida; el egoísmo idolatra la posesión. Confundir ambos conceptos conduce a justificar moralmente conductas que pertenecen a planos completamente distintos.
Desarrollo: De la Unidad a la Ilusión de la Posesión Para comprender la base de la solidaridad, debemos trascender la visión utilitarista. La máxima bíblica “ama a tu prójimo como a ti mismo” no es un imperativo moral arbitrario, sino un reconocimiento ontológico. Si, como sugieren tanto la filosofía de Spinoza como el hermetismo, todo lo que existe es una sola Sustancia divina, la división entre “yo” y “otro” es una construcción ilusoria. Spinoza nos invita a ver que la libertad real reside en comprender que estamos interconectados; por tanto, el daño al prójimo es un daño a nuestra propia esencia. El hermetismo refuerza esta visión: el universo es mental y unitario. La materia no pertenece a nadie; es simplemente el lienzo que la Sustancia utiliza para expresarse en esta realidad densa. Cuando el ser humano adopta un egoísmo extremo, olvida esta verdad hermética y comienza a identificarse erróneamente con la “forma” (la posesión material), cayendo en una idolatría de lo transitorio. Es aquí donde el pensamiento de Arthur Schopenhauer se vuelve crucial. Él identifica la compasión como la única base verdadera de la moralidad. Para Schopenhauer, la individualidad es el “velo de Maya” que nos separa. Cuando logramos ver a través de ese velo y sentimos el sufrimiento ajeno como propio, la barrera del ego se disuelve. La solidaridad no es un deber político, sino la respuesta natural de quien ha comprendido la unidad del Ser. En contraste, la perspectiva de Friedrich Hayek defiende que el orden espontáneo del mercado permite una coordinación de información que ninguna planificación central puede replicar. Sin embargo, bajo una visión integral, debemos cuestionar si este orden, al basarse casi exclusivamente en el interés individual, no corre el riesgo de fomentar una cultura que, al priorizar la propiedad, termina por sacralizar la materia. Hayek, aunque brillante en su análisis del proceso de mercado, a menudo omite que una sociedad que reduce al ser humano a un agente de intercambio está ignorando la dimensión de la “Conciencia Testigo” que reside más allá de la acumulación. El egoísmo extremo convierte a la materia en el fin último. Al tratar los bienes materiales como propiedad absoluta, olvidamos que solo somos administradores temporales de formas que la Sustancia utiliza para manifestarse. Esta “posesión” es, en última instancia, una forma de ceguera espiritual. Conclusiones y Resumen La confrontación entre derecha e izquierda es, en su esencia, una lucha entre la fragmentación y la unidad. El individualismo extremo, al fomentar la atomización, desplaza el amor que debería dirigirse hacia la fraternidad humana y lo redirige hacia el culto de la materia.
En resumen: La Unidad ontológica: Siguiendo a Spinoza y el hermetismo, la materia es una herramienta de la Sustancia, no un objeto de propiedad personal. El Velo de la Individualidad: El egoísmo es una ilusión que nos impide ver al prójimo como un reflejo de nosotros mismos. La Compasión como Realidad: La solidaridad (Schopenhauer) es el reconocimiento de que todos somos parte de la misma realidad divina. La Trampa de la Materia: Tanto los sistemas económicos basados en la acumulación desmedida como el egoísmo moderno fallan al ignorar que, al final, la materia no pertenece a nadie, solo a la vida misma que intenta expresarse. El verdadero progreso, por tanto, no radica en la acumulación de la forma, sino en la liberación de la conciencia respecto a la materia, reconociendo al otro no como un competidor, sino como un co-partícipe en la gran danza de la Sustancia.
Bibliografía Aristóteles. (ca. 350 a.C./1985). Política. Gredos. Hegel, G. W. F. (1820/1975). Filosofía del Derecho. Oxford University Press. Hayek, F. A. (1944/2008). Camino de servidumbre. Unión Editorial. Kant, I. (1785/2012). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Alianza Editorial. Marx, K. (1867/1975). El Capital. Siglo XXI Editores. Schopenhauer, A. (1840/2010). Los dos problemas fundamentales de la ética. FCE. Spinoza, B. (1677/2000). Ética demostrada según el orden geométrico. Trotta.